Las estrellas de cine nunca mueren – Crítica | Control Total

La cinta recibió tres nominaciones en la pasada entrega de los premios BAFTA: mejor actriz y actor principal y mejor guion adaptado

El complejo rocío del amor puede caer sobre dos pares de ojos débiles, quienes luchan desenfrenadamente por mantenerse atentos en altas horas de la madrugada, esto sucede cuando dos amantes sólo pueden imaginarse tomados de la mano, dando una caminata y contemplándose uno al otro. La fuerza del amor sigue siendo un sentimiento tan conocido por la humanidad y al mismo tiempo su extrañeza lo vuelve misterioso e incomprendido.

A principios de la década de los 80, el joven actor británico Peter Turner (Jamie Bell) recibe una impactante llamada, la cual le informa sobre la compleja situación médica que padece su examante, la actriz ganadora del Óscar, Gloria Grahame (Annette Bening) y debido a su autosuficiente personalidad, ella se niega se atendida por los médicos, por esta razón Peter decide llevar a vivir a su hogar, junto a sus padres y hermano.



Y a pesar de ser bien recibida por su familia, todos perciben que algo no anda bien respecto a su salud. Durante estos días, Peter recuerda los momentos más brillantes de su relación, la cual notaba su marcada diferencia de edad (ella mayor), el estilo de vida y gusto particular por la actuación. Sin embargo se da cuenta que ella esconde un obscuro secreto que busca permanecer oculto tras una ligera capa de maquillaje, un rocío de perfume y el porte de una auténtica exdiva de Hollywood.

La historia tiene la valía de adentrarte sutilmente en una época en la cual fumar cigarrillos, tener peinados esponjosos y lucir una fina y alargada sonrisa, habían sido costumbres heredades del cine de oro de Hollywood; miles de mujeres al rededor del mundo buscaban esta característica imagen. Estos rasgos visuales me son idóneos para seguir explorando cualquier época histórica, y en este caso particular al ser acompañada de un relato apegado a la cinematografía misma, sacudió mis sentidos cinéfilos y periodísticos para quedarme sentado atento y darle una merecida oportunidad a la cinta dirigida por el escocés Paul McGuigan.



Es importante para mi mencionar que la historia está basada en las memorias de Peter Turner, lo cual le agrega un toque mágico-interpretativo y así el trabajo del guionista Matt Greenhalgh se preocupó en extraer la esencia del amor pasional entre un par corazones que se encontraron en el viejo continente. Sin duda suena romántico, y con certeza lo es, sin embargo, el libreto también se dio tiempo de profundizar en las emociones humanas, desmenuzar la complicada personalidad de una estrella del cine mundial, además de ser ganadora del premio más cotizado del planeta; con este simple hecho, la cinta es atractiva y propositiva por sí misma.

Pero al tratarse de una historia real, era necesario contar con actores capaces, no sólo de alcanzar cierto parecido físico, en especial de poder sacar adelante los momentos más difíciles otorgados por el amor, los cuales sabemos son un sube y baja, y aunque parezca una tarea sencilla, sin duda no lo es. El trabajo de Annette Bening es brillante, su mágico andar como Grahame acompaña el sensual rostro de una estrella de cine, quien por supuesto, llevaba consigo a todas partes una potente aura sexual y seductora, sin importar la edad, hay que dejarlo muy en claro.



Y por otro lado, su compañero de reparto, Jamie Bell, convirtió a un personaje que pudo haberse considerado simple y sin gracia (a pesar de haber tenido una relación amorosa con una mujer oscarizada, nada fácil, pero podría hacer cualquier hombre con mucho dinero y buenos gustos), sin embargo el actor inglés tuvo el tacto suficiente para simpatizar con el espectador, dejar claro que su personaje siempre fue un buen tipo, dedicado a su familia, trabajo y además supo amar con pasión y entrega, sin importar el apellido ni el tamaño de su cuenta bancaria. Esto al final ayuda a crear un vínculo perfecto entre el par de protagonistas y la historia, la cual no la sueltas por querer conocer el desenlace de esta interesante relación.

Sin embargo la narrativa de la película no siempre fue la más fluida y sencilla de digerir. La dirección de McGuigan prioriza cada faceta emocional de la pareja para que el público pueda estar enterado en su totalidad, idóneamente es lógica esta decisión, pero hay ocasiones en las cuales no siempre quieres conocer hasta el mínimo detalle de una historia. Esto hace que haya grandes espacios de tiempo que pueden ser lentos y un tanto aburridos. Aunque esto último no arruina la historia, además de ser entendible al tratarse de una adaptación, lo cual te exige cubrir la mayor cantidad de aspectos posibles.



Y llegando al aspecto visual, me encontré con una propuesta absolutamente funcional, inteligente y elegante, justifica el corte inglés de la producción. En este caso la directora de fotografía, Urszula Pontikos, realizó un trabajo basado en variaciones tonales, las cuales funcionaban según el estado de ánimo de la mujer protagonista, lo cual se acerca a una experiencia más allá de una simple y formal imagen dentro de una película; además la distribución en cada plano fue variado y mostró que pueden tomarse encuadres con propuesta áurica y así apostar por la valía artística y también por unos sencillos y funcionales para contar con exactitud lo que sucede sin nada más, no apostar y hacer cosas de más, lo probado en la industria actual.

Las estrellas de cine nunca mueren es una historia que toma la elegancia de una mujer y la elocuencia del hombre en una historia de amor, la cual no recae en estereotipos que aluden a cantos de ángeles y colores rozados por todas partes. Aquí se muestran los posibles límites alcanzados por una pareja sentimental cuando la fama de Hollywood juega en la ecuación.

Uriel Linares García

Periodista y fotógrafo en la fuente de cine con experiencia de más de siete años publicando críticas cinematográficas, coberturas de festivales de cine y foto reportajes en medios especializados en el séptimo arte y televisión.

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